MACA Y ESTHER. Cap. 11. UN RAYO DE ESPERANZA

Durante toda la noche, aquella frase de Verónica había estado resonando en su cabeza “mi hermana es lesbiana”, no había podido conciliar el sueño y, lo que era peor, iba a verla aquella misma mañana. Se levantó a las siete con un intenso dolor de cabeza, se preparó un café mientras lo dejaba sobre la mesa y su mirada se perdía en el humo que ascendía ante sus ojos. No era fácil digerir aquella noticia, más bien, no era fácil digerir aquella bomba. Saberlo no le permitía sonreír, y eso le creaba una profunda duda.

La hora en la que Esther había quedado con Maca se acercaba, el día había dado una tregua y permitió que unos tímidos rayos de sol, se colaran entre las nubes. La puntualidad de Maca era extrema, tanto como la impuntualidad de Esther. Sin embargo, llegar más tarde de la hora prevista le dio la oportunidad de poder divisar a Maca sentada en la terraza. Tenía las manos metidas en los bolsillos, había elevado un poco la cara para dejar que los rayos de sol juguetearan con ella. Estaba hermosa. Sacudió la cabeza tratando de borrar aquella palabra de su mente, se sentó dispuesta a hablar con Maca seriamente, dejarle más claro que nunca lo que ni podía ni debía hacer. Tragó saliva y se encaminó hasta aquella mujer hermosa.

-¡Esther! ¡Qué alegría verte! -exclamó feliz Maca.

-Buenos días, Maca. No tienes buena cara -lo dijo como un reproche pero en su voz y con su sonrisa era incapaz de ser un comentario dañino.

-A veces pienso que estoy muy mayor ya para salir de fiesta -sonrió levemente.

-¿Qué tal la fiesta? -preguntó con interés.

-Bien, nos reímos mucho. Y yo estoy muy contenta porque no probé ni una gota de alcohol.

-Pues eso me alegra mucho, la verdad -le sonrió con sinceridad aunque no pudo evitar una punzada de interés más allá de si había bebido o no-. ¿Y Rafaela?

-Bueno… feliz… la verdad que tiene un grupo de gente maravilloso que la quiere un montón.

-Me alegro -volvió a sonreír con algo más de tristeza.

La aparición del camarero fue agradecida por las dos, Maca porque una y otra vez le llegaba la voz de Verónica diciéndola “mi hermana es lesbiana”, para Esther porque no sabía muy bien como comenzar sin que ella insistiera en su enamoramiento.

-Esther antes que digas nada me gustaría disculparme contigo, sé que no debí darte ese papel pero estoy acostumbrada a dejarme llevar por mi corazón. Soy impulsiva y… bueno -se mordió el labio tratando de darse tiempo para encontrar las palabras adecuadas-. En ningún momento pensé hacer nada indebido, nada más quería que supieras lo que hay.

-Maca, lo que hay… es lo que tú sientes… Mi vida es el convento.

-Lo sé -hizo una mueca triste-. Pero… es lo que siento.

El camarero volvió con lo que habían pedido y la cuenta que rápidamente pagó Maca ante las quejas de Esther. Una Esther que estuvo tentada de invitar al muchacho a que se sentara con ellas en tal de no seguir aquella conversación por los derroteros que sabía iba a tomar.

-Mira Esther, no voy a hacer nada, ni voy a provocar ningún problema en ti. Es cierto que me he enamorado de ti, y necesitaba que lo supieras. Debería de sentirme mal por decirte esto, pero lo que puse en ese papel es lo que siento. Y aunque no te pido nada porque sé que tu vida es el convento… no me gusta engañar a la gente, siempre voy de cara y de ahí que te lo dijera.

-Agradezco tu sinceridad, pero…

-Lo sé -le dijo con gesto convencido cerrando los ojos y mostrando un halo de tristeza-. No debí.

-Exacto -Esther se puso de pie tras beber el café prácticamente de un sorbo, puso una excusa para poder marcharse. Pero antes de irse le dijo mirándola a los ojos-. Maca las relaciones son como las casas deben tener una buena base, el respeto es una de ellas.

Maca se quedó allí sentada viendo como se marchaba a paso rápido, veía como se movía el velo de la cabeza así como su falda ancha, sentía que cada paso que daba se alejaba más y más de ella, y aunque el lunes volvería a estar a su lado, estaría más lejos que nunca. Suspiró con fuerza marcando en su rostro un gesto de profundo malestar.

Aquella noche, en la que Esther tampoco podía dormir, se levantó y cogió los papeles que había destrozado pero que había sido incapaz de tirarlos a la basura, había comprado celo para poder reconstruirlo, y con cuidado en esas estaba. A hurtadillas en la noche como quien está cometiendo un pecado y es sabedor de ello. Al finalizar de juntar los trozos leyó en voz alta.

-Me he enamorado de ti.

Llegó el domingo, día en que Esther iba a comer a casa de sus padres, de vez en cuando, según estaba su estado de ánimo prefería no hacerlo porque entonces llegaban a ella unas ganas enormes de culparles por arruinarle la vida, cuando se sentía cobarde por no haber impuesto verdaderamente su voluntad. Sin embargo, aquella culpabilidad con el tiempo fue menguando su fuerza, excepto ese domingo que sentía a Maca por cada poro de su piel. Aquel día llegó con unas magdalenas que le preparó la hermana Gertru con todo su cariño. Como siempre les acompañó a Misa dónde su madre siempre presumía de hija y después tras comprar el periódico subieron a casa para ponerse a preparar la comida. Aquel día su hermana no iba a comer con ellos con lo que su pequeño rato de risas y distracción se esfumaba. Aunque casi lo prefería porque la conocía lo suficiente como para insistirle como hacía todos los domingos que dejara el convento.

Tras la comida, aquel día al no estar su hermana se marchó antes de hora, con la excusa de que debían preparar las clases del lunes. Salió del portal y en el banco de la calle la esperaba Verónica.

-¡Oh, creí que hoy te vería sin tu hábito!

-Verónica de verdad… lo tuyo ya es un poco cansino -le dijo sonriendo mientras se abrazaban.

-¿Tienes diez minutos para hablar con tu hermana?

-¿Hay escapatoria posible?

-Sabes que no -le sonrió ampliamente.

-¿Dónde quieres ir?

-Tengo el coche ahí, vamos al Retiro.

Por su parte, Maca estaba aburrida en casa, se había quedado sola y no sabía qué hacer, las películas de la televisión no le gustaban, no había nada que ver. Si se ponía a leer era incapaz de saber qué estaba leyendo. Se puso las mallas y una camiseta de manga larga para salir a correr, se llevó el móvil con la música que a ella le gustaba, y trató de buscar en el cansancio el método para olvidarse de Esther.

Llegó el lunes y Maca entraba al convento con la mejor sonrisa. Los nervios en el estómago y la ilusión de ver a Esther. Aquel día decidió salir con los niños al claustro, Esther aún no podía hacer esfuerzos y pensó que a todos les haría bien tomar aire fresco.

Estaba allí con una de las niñas haciendo un agujero para poder plantar unas semillas que ella misma había llevado, algo aturdida levantó la mirada tras sentirse vigilada. Allí estaba Esther cuando la vio, su gesto era serio y aquello le alertó. Al entrar al claustro cambió aquella expresión triste por una sonrisa hacia cada niño que se acercaba a ella. Todo el entorno de plantas, el sonido de la pequeña fuente que había, los pájaros todo quedaba en un segundo plano, Esther estaba allí encaminándose hacia ella, le dijo a la niña que se fuera a terminar de poner la tierra por encima y esperó con los nervios atenazándole el estómago. Maca le sonrió pero la mueca que trató de devolverle la sonrisa por parte de Esther, fue más triste y nerviosa que la suya propia. Esther le hizo un ademán para que se sentara lo que tenía que decirle no podía hacerlo de pie por temor a que las piernas le fallaran y cayera de bruces.

-¿Por qué no me dijiste ayer que habías hablado con mi hermana, Maca? -se lo preguntó mirándola a los ojos fijamente.

-¡Vaya! -carraspeó nerviosa-. No pensé que te lo fuera a decir…

-Mira te pido disculpas, mi hermana está un poco loca y no mide bien sus actos -trató de disculpar su reacción.

-Pues a mí me pareció que está muy cuerda y los mide muy bien -ante la mirada seria de Esther agregó-. Creo que está preocupada por su hermana, eso es todo.

-No tiene ningún derecho a hablar de mi vida con nadie y menos contigo -lo dijo con cierto resquemor.

-¿Por qué? -no esperó respuesta-. ¿Crees que sabiendo lo que sé voy a lanzarme a por ti?

-Maca por favor -rogó mirando alrededor-. Aquí las paredes oyen.

-Jamás haría eso, y si no te lo dije en parte fue porque no quería provocar en ti esta reacción, quería preservar tu intimidad. Yo no soy nadie para juzgarla ni opinar mucho menos para tratar de sacar partido. Tú sabes lo que hay y también sabes que estaré esperando.

El silencio se hizo no solo entre ellas, los niños dejaron de gritar y los pájaros de cantar, fue tal la impresión que Maca se preguntó si lo había dicho en voz tan alta que todo el mundo se había enterado. Vio el temblor en la barbilla de Esther, como agachaba la cabeza y finalmente, le decía.

-Gracias.

-Quizá deberías escuchar a tu hermana.

-No, Maca, mi hermana vive pensando que yo no soy feliz, que esto aquí oprimida y amargada. Pero este es mi mundo, ella no está en mi corazón para saber lo que siente.

-Pero es la que mejor te conoce -lo dijo con cuidado de no herirla.

-No, Maca.

-De acuerdo, si alguna vez quieres hablar de ello.

-Creo que serías la persona menos indicada.

-Bien -afirmó asintiendo con la cabeza mientras fruncía los labios algo molesta-. De todos modos, sabes que estoy aquí.

-Te agradecería que no lo estuvieras, y que recuperes esa Maca de la que Rafaela está tan orgullosa, a la que Elena echa de menos, deberías ocuparte de ti eres una gran persona y te mereces lo mejor una mujer que te quiera y te corresponda.

-Para mí lo mejor… eres tú -musitó con total cuidado de no ser oída lo hizo con tanto mimo que erizó la piel de Esther.

-Olvida todo, por favor, Maca.

-¡Hermana Esther! ¡Hermana! -la llamaba la hermana Gloria.

-Voy a ver que ocurre, sé que cuento con tu silencio pero… por favor… olvídalo.

La vio marcharse y sintió como si de pronto alguien la hubiera dejado sobre arenas movedizas y toda ella estaba siendo engullida por el dolor más cruel que podía sentir.

En su celda, Esther lloraba amargamente, recordando la conversación con su hermana.

-¡Pero estás loca! ¿Con que derecho haces algo así? -le reprochó.

-¡Ya está bien de esconderte tras ese halo de soy feliz! ¡No lo eres! Te he visto mirarla, con una sola mirada me bastó. ¿Quieres seguir engañándote?

-Verónica… no sabes lo que has hecho.

-Sí, lo sé, ella es la única que puede tumbar las barreras que has creado, es guapa, inteligente, te mira que te come con los ojos, estoy segura que serías feliz a su lado.

-No la conoces, no tienes ni idea de nada, Verónica. ¡Y te prohíbo que hables con ella! ¿lo has entendido?

-En lugar de enfadarte conmigo y reprocharme las cosas, habla y sé sincera contigo misma, Esther. ¡Lo necesitas! ¡No te engañes más, por favor!

Aquella conversación le había herido, le había hecho recordar no la parte bonita del amor, le había empujado al abismo de la pérdida más cruel que tuvo, del odio que vio en los ojos de la mujer que amaba, del dolor que vio en los ojos de su madre, de la pena que inspiraba a su hermana cada visita que le hacía al convento. Todo estaba metido en una espiral y daba vueltas a su cabeza. Y al final en la raíz aspirando su vida estaba ella, Maca con su encantadora sonrisa, abriendo los brazos para rescatarla.

En casa, las amigas de Maca se mostraban preocupadas, desde el viernes habían visto en ella un pesar profundo. Y ese día no estaba para muchas preguntas. Cenó ensimismada en su mundo, con mil frases rebotando en su mente como si fuera un frontón, aquello no acababa nunca. Se estaba poniendo nerviosa.

-Chicas… ¿puedo hablar con vosotras un momento?

Ambas cruzaron una mirada en la que podían leer Esther. Tras preparase un té cada una se sentaron en el salón. Maca en medio del sofá de tres plazas, Rafaela a su izquierda en un sillón y Elena en el otro. La miraban expectantes.

-Esther es lesbiana -dijo con rotundidad.

-¡Cómo! -murmuró Elena.

-¿La hermana Esther? ¿Nuestra famosa hermana Esther? -maca asintió- ¿Y tú cómo lo sabes? ¿Te lo ha dicho ella?

-No, a ver… en tu fiesta cuando estábamos en la discoteca se me acercó una chica, era la hermana de Esther a la que había visto en el hospital -tomó aire como si necesitara soltarlo todo de carrera-. Me hizo salir fuera del local y me dijo que su hermana era lesbiana, había estado con una mujer pero sus padres le habían obligado hacerse monja para lavar su pecado.

-No me lo puedo creer -murmuró Elena.

-¿Y ella sabe que lo sabes? -preguntó Rafaela.

-Sí.

-¿Qué te ha dicho Esther?

-¡Se habrá quedado muerta, Elena! -Maca miraba a una y a otra como si fuera el juez de silla de un partido de tenis.

-¿Podéis poneros juntas es que me va a doler el cuello? -Elena le hizo caso y se sentó a su lado, Maca se sentó ladeada para poder hablar con ellas de frente-. Todo se ha enredado un poco porque yo le di una nota diciendo que me había enamorado de ella, el sábado quedó conmigo para darme una pequeña bronca por ponerle aquello.

-¡Es que Maca… tú también, chocho!

-¿Y e esa charla le dijiste lo que sabías?

-No, pensé que su hermana no se lo diría y no quería ponerla más nerviosa -se defendió.

-Maca… -el tono de advertencia de Elena le hizo cerrar los ojos.

-¿Y qué te ha dicho, Esther? -continuó Rafaela al ver que no hablaba.

-Pues Esther me dijo las relaciones son como las casas deben tener una buena base empezando por el respeto -ambas fruncieron el ceño sin entender muy bien a qué se refería-. Esa misma cara puse yo. Hoy ha venido para hablar conmigo porque había hablado con su hermana y esta le había contado nuestra charla, me ha dado las gracias por no decir nada, después me ha pedido prudencia y, por último, en pocas palabras me ha dicho que me busque una novia.

-¿A lo que nuestra Maca le ha respondido?

-Que la voy a esperar.

-¡Tócate los cojones! -soltó dándose un golpe en el muslo Rafela.

-¡A ver me dice que las relaciones se empiezan por una buena base! Entiendo que ella ha podido pensar en empezar algo conmigo, pero no siendo monja, claro. De ahí que me pida respeto.

-Eso es la lectura que tú le quieres dar, cariño -le dijo Elena con prudencia.

-Sé que siente algo fuerte por mí, lo sé.

-Pero habrá que ver que es más fuerte, si el amor que pueda sentir por ti o la devoción a Dios.

-O el miedo a ese supuesto amor que puede sentir por ti -apuntó Rafaela.

-Es decir, te dijimos no te metas en líos y has hecho todo lo contrario metiéndote en uno ¡y además de los gordos!

-Me he enamorado, Elena.

-De la mujer equivocada, chocho.

-No lo creo, Rafaela -dijo segura con la mirada perdida en el horizonte.

Las amigas cruzaron una mirada inquieta, aquello era mucho más preocupante de lo que pudieran pensar al principio.

Ambas acostadas, a unos cuantos kilómetros de distancia pero haciendo lo mismo pensar una en la otra, para las dos, sin duda, conocerse había sido como un desafío y al mismo tiempo una esperanza. Para Maca porque por primera vez parecía hablar en serio del amor, para Esther porque por mucho que lo quería evitar su corazón volvía a sentir que renacía. Y entonces ambas se hacían la misma pregunta con temor:

-¿Qué va a pasar?

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